-Nada de esto me importa- se repetía a si mismo como un mantra tibetano, agitaba una lapicera roja, batuta de una orquesta invisible, que parecía caerse todo el tiempo y salvarse a ultimo momento, la imaginaba derritiéndose entre sus dedos.
Además de la tiza resbalándose en el pizarrón, el ruido de las lapiceras tomando apuntes y las sillas rechinantes formaban la música de cámara. Los violines llenos de tinta flotaban sobre las cuerdas de renglón, el fiaron era el infaltable violoncelo. Y ahora todo sonaba a la vez.
-Nada de esto me importa- Le dijo al Peirce que, sentado en un sillón, escribía hoja tras hoja en la habitación cóncava que salía directo de su mente. Peirce lo miro y luego giro sus ojos en inquietante desinterés.
Miró los ojos de la rubia que se elevaban sobre una lapicera-violín, se concentro en abrir las pupilas para pasar por ellas como si fuese la compuerta de un submarino, poco a poco se aclaraban las imágenes, los recuerdos de la otra cosa-persona que luego de dar cuatro o cinco vueltas por el aula, en ritual de apareamiento, se sentó justo al lado de la ventana, lugar de zorras por excelencia.
-El Jean te hace buen culo- se decía a si misma y lo repetía como otro mantra.
Luego de salir de las pupilas, cerrándolas bien y esperando que nada haya saldo con el, llego a la conclusión (gracias al método Aristotélico) de que todos repetían sus propios mantras y, seguramente, la profesora, que todavía agitaba la tiza, también recitaba un mantra tan largo como para creérselo.
Dejando las cavilaciones omniturnas, se paro y vigilo el aula, como si fuese un suricata (por dentro se imagino peludo y rió). La orquesta se detuvo, el silencio gano presencia, los ojitos se hacían mas grandes acompañándolo hasta que se topo con la puerta que se estiraba como un castillo inflable.
Empujo, estirando todas las paredes, bancos, graffitis peronistas y pósteres hasta que terminaron siendo líneas multicolores.
Como una estrella invertida, la luz entraba y el metía sus manos en ella, sintiendo el frió del pasillo. La cabeza es lo que mas le costo pasar, sus ojos estaban presionados por la luz, tosió, babeo y, finalmente, lloro.
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Me alegro estar acá haciendo el comentario de ésta entrada. Me alegro, porque es bueno saber que el recreo del blog terminó y volvemos a rodar de nuevo. Y no, queridos lectores, no soy Psico. Quien escribe ahora (adivinen, no les diré quién soy) se enorgullese de tener el lujo de despertar al blog, y espera que todo el que lo lea, sienta la misma satisfacción de volver a leer al señor Psico Revissant.
Señor, por estos lares se sabe quererlo.